Catálogo

El corsario Simón Fernández

Autor: Kerschen, Eduardo Roberto
Materia: Novela

FORMATO E-BOOK


1º Premio 10º Certamen Internacional de Novela corta


PREFACIO
En el Deuteronomio (33.19) Moisés bendijo a Zabulón y su tribu diciendo que “…chuparán la abundancia de los mares y los tesoros ocultos en la arena”. ¿A cuál abundancia de los mares y a qué tesoros ocultos en la arena se refería Moisés? En el transcurso del relato que procede, tendremos una idea de la visión que bendijo Moisés.
En el Libro Primero de los Reyes, se narra que Salomón hizo construir navíos en Esión-Geber –que está junto a la ribera del mar Rojo, en la tierra de Edom- con marineros y pilotos diestros en la mar que le proveyó Hiram I, rey de Tiro, para que fueran a la mítica Ophir a tomar de allí oro, esclavos, monos, colmillos de elefante y plata de Tartesos. También Josafat construyó navíos en Tharsis para ir a Ophir por oro.
Esta breve referencia a las actividades de los judíos como marinos, dan pie para que el lector no se sorprenda cuando, en el transcurso del desarrollo del tema a seguir, se topen con la formulación de una “profesión” –si así puede llamarse- que quizás sea insólita en el concepto común de la gente, cuando se narre que ésta ha sido ejercida por algunos judíos en el devenir de los tiempos. Nos referimos a la piratería, la cual no ha sido sospechada por los gentiles como actividad afín a los judíos, como tampoco ignorada por rabinos y dirigentes de la judería. Es que se ha preferido echar un manto de silencio al ejercicio de una ocupación que menoscaba el buen nombre de los hebreos. Sin embargo, si nos remontamos a la época de la dominación romana, sabremos por el historiador judío Flavio Josefo que en aquel entonces existían piratas macabeos que partiendo del puerto de Yafo atacaban y saqueaban a los barcos romanos. 
Los romanos pusieron gran empeño en derrotar a los piratas judíos, tanto que el general romano Tito mandó a acuñar monedas describiendo las victorias navales contra Judea, donde se leía: “Victoria Navalis”. 
Josefo cuenta que Hircano I, soberano judío, hijo de Simón Macabeo, acusó ante el romano Pompeyo, a su contrincante y sucesor, el rey de Judea Aristóbulo I, de ser el promotor de la piratería en el mar, que tanto perjuicio ocasionaba a las embarcaciones romanas.
En este punto cabe una importante aclaración que da sustento al controvertido tema de esta obra. Para tal fin es necesario remitirse a la índole genérica de la acepción de la palabra “pirata” y al significado real de sus mal entendidos sinónimos. 
Por pirata se entiende al bandido que no cumplía órdenes de ningún gobierno, es decir, que eran ladrones del mar; no tenían ninguna influencia política sino que buscaban su propio beneficio y atacaban barcos o asentamientos o colonias de bandera española o portuguesa. 
El nombre de filibusteros es de origen inglés aunque proviene del holandés Vriej Buiter: “El que va a la captura del botín”, que en inglés se escribe “Freebooter”, con el que se designaba a muchos de los piratas del mar de las Antillas en el siglo XVII, en especial a los ingleses y holandeses. Solían atacar poblaciones costeras y rara vez a los barcos.
En cambio, en un principio los bucaneros eran cazadores de cerdos salvajes en el oeste de la isla La Española donde su sustento era la faena de esos animales y la venta de la carne ahumada o asada a la barbacoa o “boucan”, de donde procede su nombre. Los españoles expulsaron a los bucaneros de La Española y esta gente se instaló en la isla de la Tortuga donde se hicieron piratas conservando su identidad de bucaneros.
Finalmente, los corsarios eran marinos beligerantes que no admitían la denominación de piratas porque tenían en su poder documentos llamados “Letter of Marque” o también “Patente de corso”, habitualmente entregada por un rey que autorizaba a navegar como corsarios a las órdenes de su país, atacando a los barcos de los enemigos de su gobierno. 
No obstante ser el accionar de la piratería en general de carácter vil y sanguinario, los piratas judíos siempre se identificaron como poco propensos al pillaje o menosprecio de la vida de sus oponentes. Durante la ocupación romana, los piratas judíos luchaban, con el beneplácito de sus congéneres, para liberarse del opresor. Así mismo, los corsarios judíos caribeños atacaban solamente a las embarcaciones españolas, en represalia por su expulsión de España durante la Inquisición. 
Como testimonio de esta aseveración, recordamos que durante la toma de la ciudad de Kairouan, ciudad sagrada de los otomanos de Túnez, el obispo Sinesio fue capturado por piratas judíos aliados a los árabes del Norte de África (en esos tiempos los judíos y los mahometanos eran amigables primos). Sinesio narró que durante su cautiverio en la nave judía pirata, fue atendido con absoluta consideración y liberado cuando pudieron desembarcarlo en tierras cristianas. En su relato, el obispo se mostró sorprendido porque esos piratas tenían una cocina kosher y que respetaban el Shabbat, no navegando los días sábados, así estuvieran sufriendo un temporal.
Llegados los siglos XVI y XVII, época de fuerte incremento de la presencia de piratas en el Caribe, aparecen piratas judíos, tales como Shmuel Palachi, Moisés Cohen Enríques, Yacob Mashaij, Jacob Curiel. Sinan Reis, corsario judío, oriundo de Esmirna, Tuquía, fue un pirata que se alió al pirata Barbarroja para luchar contra los españoles, en favor del Sultán Bayaceto II de Turquía. Reis, luego fue almirante de la flota turca.
Otros muchos se pierden en el anonimato por ser cripto-judíos o conversos que habían adoptado nombres castellanos, cuando escaparon de la Inquisición española.
La piratería se extendía por el Mediterráneo, por América y el Caribe, África occidental y también por el océano Índico. 
En el siglo XIX, dos de los últimos piratas de ascendencia judía fueron los hermanos Jean y Pierre Laffite. Su conversa abuela emigró de España a Francia en 1765. El apellido original era el sefaradí Lafito y en Francia fue afrancesado por Laffite. 
De los exilados, algunos emigraron como navegantes; incluso lo hicieron en las tres naves de Cristóbal Colón, a partir de su primer viaje de 1492.
El primer judío corsario registrado como tal fue el capitán Simón Fernández. Ésta es su historia. O, si se prefiere, su novela. Porque como historia adolece de anacronismos y como novela carga con la existencia de seres, unos reales y otros imaginados y de hechos, unos vividos y otros ficticios, sucedidos a principios del siglo XVI.

 

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